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AROMAS. Cuentos para leer en verano II

 

No pude, no pude evitar que Ernesto rapara el muro al ras. Lo hizo por buena voluntad, de motu propio, nadie se lo había pedido, quería colaborar con algo, estando yo impedida como estaba mientras se prendía a mi osamenta la silicona con que reemplazaron mis caderas. Tenía que esperar que el capullo de hueso se formara de a poco alrededor del injerto, que germinara, y recién entonces reincorporarme a la vida y al movimiento.

Irma se dio cuenta de lo nerviosa que me puse y se preocupó: a ver si me subía la presión. Qué tremenda inquietud, qué impotencia, qué ganas de tener mi pelvis en orden, salir rápido al jardín y en tono amigable pedirle a Ernesto que la rosa blanca no, que sufre la poda como una amputación. Y que la roja se deja, pero si la recortan al sesgo.

Ahora están ahí, mutiladas, y el piso del patio tapizado de blanco y rojo como una novia ensangrentada.

¡Tanto que les había conversado cuando Juanita me regaló las semillas!. Me dijo: mirá que no siempre prenden.

Yo estaba segura de que cuando las pusiera envueltas en papel de diario húmedo dentro de  la trincherita que cavé al lado del macetón de geranios, iban a prender. Después de todo Juanita las había juntado de al lado de la tumba de Alcira, que adoraba las rosas blancas y las rosas rojas.  Era cuestión de hablarles, sobre todo en los atardeceres: les encanta la conversación, la compañía.

Costó, pero al segundo otoño la roja parecía una cresta briosa de gallo, la muy atrevida había salpicado el muro de brotes, igual que una pintura impresionista. Cuando encontraba alguno de los pétalos posando sobre un limón verde, me lo ponía en la ranura entre los pechos; qué agradable y fácil, pues no tenía que esquivar las espinas con las que siempre intentaba provocarme.

Me parece que  era de celos que la blanca no quería prender. Tardaba, tardaba. Hasta que más adelante sí, de a poco fue creciendo ella también. Yo las oía de noche cómo iban trepando, soltando un acorde suave de  birimbao; rozaban el muro con una delicadeza de trapecistas.

A menudo, a la hora del mate, yo  perseguía alguna que otra hormiga que había violado la cerca de algodón con sal, y unas puntitas secas que malograban el verdadero crecimiento. Les contaba de Julián, aquel novio que quise tanto. Estuve a punto de casarme, luego de varios años de relación. Pero después de esa vez que vino y arrancó todos los crisantemos de raíz, cortamos.

Es cierto que las flores estaban chuzas, marrones, como muertas. Es lo que pasa siempre en invierno: se ponen oscuras, se agachan, y quedan así, marchitas. Lo importante en las plantas es lo que no se ve. Y uno las escucha, y sabe. Los crisantemos siempre vuelven, en primavera.

Julián era un negado para las plantas. Discutíamos todo el tiempo, pero nunca había llegado a tanto. Ese día, cuando volví del centro, la tierra estaba completamente removida, un desastre, y los crisantemos, con tallos, raíces, todo, en una bolsa de la basura.

En cambio las rosas me parece que se amigaron; mejor dicho, marcaron territorio en el muro. Y aunque muchas de las ramas se entrelazaban en algún punto, se veía bien que el lado derecho era de la roja, y el izquierdo de la blanca.

Me sentía tan feliz cuando florecían que lo único que deseaba era sentarme al lado del muro, conversarlas, convidarles agua en una regaderita de agujeros muy pequeños que arrojaba finísimos hilos de lluvia. Yo sé que siempre les encantó mi forma de regar, de recortar como una manicura esos pedacitos improlijos de sus ramas y pétalos.

Cuando Ernesto terminó de podar, las lágrimas me habían inundado hasta la mitad del camisón. Irma me consolaba, me hacía señas de no le digas nada a Ernesto que lo hizo por bondad. Ya van a crecer de nuevo. Vas a ver que cuando te puedas levantar, y de a poco volver a cuidar el jardín, todo se va a arreglar. Mirá qué lindo que está el limonero.

También Juanita me visitaba seguido; primero me ayudaba a erguirme, a ponerme las chinelas, y de su brazo podía caminar por la pieza, asomarme al jardín. Ella sí que sabe de plantas. Y sobre todo me entiende: se da cuenta de lo que sufro.

El tiempo pasa y uno va mejorando: ahora puedo ir sola hasta el patio, pero apoyada en el andador.

Una noche  Irma  y Juanita se fueron temprano, al ver que me las arreglaba muy bien para bañarme antes de irme a acostar.

Ya sola, fui al patio, me arrodillé, y les pedí perdón. Estuve como una hora arrepintiéndome,  haciéndoles una promesa. Sentí que me comprendían,  que me estaban dando una oportunidad.

Todas las semanas a partir de ese día, me sentaba antes de la caída del sol junto al muro, y  les leía poemas de flores, de rosas, de bosques y jardines. Durante un año entero les leí y les recité, con frío, con lluvia, con viento, y al calor del verano.

Ayer en la mitad de la noche me despertó un rumor. Un suave ruido envuelto en aroma de rosas venía del patio. Me levanté y caminé despacio hasta allí. El muro estaba cubierto de rosas, rojas, blancas. Me quedé quieta un rato, lloré y dije gracias.

Susana Romano

“Aromas” es un cuento perteneciente a la antología Rouge (Babel 2012)



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