N

Novedades

EL ESTORNUDO. Cuentos para leer en verano

Por Susana Romano

El último sábado Betina estaba con su pequeña hermana Alba en la plaza y mientras se hamacaban abrían grande la boca y los ojos ante el vaivén de los globos en forma de corazones y dibujos animados que se elevaban por el aire desde los  piolines del globero. Los globos se veían brumosos detrás de una especie de nube dorada y transparente. Era la tarde y soplaba suave y ligero el viento. Las flores de la retama en los canteros de la plaza sacudían su amarillo al compás de esa brisa, fuerte, que hacía desprenderse de las flores un polvillo dorado en forma de una lluvia al revés, pues subía y se expandía por el aire. La retama se contorneaba como en la cumbia, las flores ondeaban y comandaban a los tallos, y en conjunto parecían  un ballet.  Varios chicos estaban tirándose por el tobogán, otros  hacían pozos en la tierra, se trepaban a las moreras, comían helados, pateaban la pelota. De pronto  dejaron de hacer lo que estaban haciendo y empezaron a restregarse las orejas. Alba sintió algo raro en los ojos y la nariz. Una cosquilla le crecía y le crecía, le ponía lágrimas  y la acariciaba por dentro de la nariz, que se empezó a frotar insistentemente. Se frotó y se frotó hasta que,¡¡ ¡aaaachís!!!:

El estornudo, fuerte, rico, gordo, le brotó, con ganas, con muchas ganas, y luego otro, y otro, y no podía parar, risueña y enérgica. Los demás chicos de la plaza estornudaron también, formando un coro con Alba, que de tanto sacudirse terminó por soltarle la mano a su hermana. Betina que había empezado a frotarse, ahora con ambas manos, la nariz, la frente y las orejas, y estornudo tras estornudo, toda la plaza vibraba entre achíses y achúsos, los globos del globero, quien se rascaba y frotaba, se soltaron, y veloces como flechas se impulsaron por el aire acompañados de la nubecita dorada.  Todas las narices y todas las orejas engordaban, enrojecían, y sobre todo, estornudaban sin parar.

¡¡Achís, achís!! ¡¡Salud, salud!!, decía la gente que pasaba por las calles contiguas a la plaza, entre divertida y asombrada. Un chico recién llegado con su monopatín, tuvo que pararse para estornudar. Se aferró al manubrio, y : ¡¡Achís, achís!! Otro que venía en una bici se contagió también: La bici empezó a hacer piruetas, arabescos, al compás de los estornudos.  Un abuelo llevaba a cococho a su nieto al cruzar la plaza junto a la retama. Comenzó a sacudirse estornudando, y contagió al nieto: parecían un número de circo, de sacudón en sacudón, entre risas  y achíses. El polvillo de oro, atrevido y juguetón,  se metía en las narices de todos. Doña Flora había ido a la plaza para pasear a su salchicha, y al llegar se tuvo que sentar en un banco  para poder estornudar sin caerse.  Y ahí ya no se sabía quién estornudaba más, si el salchicha o ella. Un motociclista y un automovilista tuvieron que parar sus vehículos pues el estornudo no los dejaba seguir manejando. Así que se sumaron al coro de estornudos. ¡Menos mal que el semáforo estaba en rojo! Pero resulta que todos los que manejaban los autos de las filas que se había formaron, se pusieron a estornudar, en todos los tonos, ritmos, y timbres. Vinieron unos policías de tránsito a poner orden, y achís, se contagiaron también. Los estornudos eran de una gran variedad: Había fuertes, suaves, rítmicos, de bocas bien abiertas, y bocas semicerradas, algunos se acompañaban de palmas que  frotaban las puntas de los dedos rascando las fosas nasales, formando conos y cornetas, como sordinas cuando se ponían pañuelos apretando las aletas de la nariz. ¡¡Achís, ¡¡achís!! ¡¡Achús!!, dale que va, el polvo amarillo seguía cosquilleando aquí y allá. Una cotorra de la pajarería de enfrente  cotorreaba: ¡¡achís achús, mucha salud!! . Se había juntado una enorme multitud en la plaza, y en las veredas y negocios de las  cuatro calles, y en las casas,  y en los balcones de las casas, y en las terrazas. Todo el mundo estornudando hasta que las narices ya  muy rojas empezaron a  escaparse de las caras y visitar lugares de la zona; y soltaban una lluvia de gotas doradas y perfumadas que iban cayendo en el pasto de la plaza, en los canteros de las veredas,  en los bancos, en la fuente, en los bebederos,  en las copas de los árboles, en las veletas de las azoteas. Hasta que cayó el sol y empezó a anochecer. Entonces la retama, riéndose hizo un chistido, y otro, y otro. Y el polvillo abandonó todas las narices, todas  las orejas, y todos los demás lugares donde se había  metido. Y volvió al corazón de las flores. Y de una sola vez todo el mundo  dejó de estornudar. Betina y Alba, muertas de risa y muy cansadas  partieron para su casa; y en esos instantes vieron cómo la plaza, la fuente, los canteros,  brillaron y brillaron con el color más dorado que habían visto en su vida.

La plaza se fue vaciando, la retama empezó a quedarse quieta, mientras llegaba la noche. Y cayó el sueño que se extendió por todas partes, principalmente por  las narices,  y así el día terminó.

 



Compartir en:
Regresar